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No me creo nada

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Un buen amigo que reside en la costa catalana me decía, no hace mucho, que, visto desde fuera, daba la impresión que el principal enemigo del Real Zaragoza era su presidente. Visto desde la distancia y desde el desapasionamiento, es imposible comprender como se pueden hacer las cosas peor y con menos acierto.

Este amigo, que de fútbol entiende porque ha sido profesional del pelotón, aunque nunca estuvo vinculado a ningún club aragonés, me aseguraba, pensativo que Agapito era “el principal problema para el Real Zaragoza. Es increíble que no haya aprendido, tropezón tras tropezón, a dirigir un club de fútbol; es increíble que siempre cometa los mismos errores, de lo que se desprende que, o es tonto –cosa que no es, ni mucho menos, cierta, ya que, en sus negocios, ha triunfado- o no siente ningún respeto hacía la institución que representa, a la que simplemente utiliza para lo que sea menester, pretendiendo driblar al destino. Y el destino es muy tozudo, y terminará haciendo añicos a todo un gran club como es el vuestro”…

Desde la distancia, mi colega no comprende como se mantiene en el cargo a un director deportivo que ha demostrado, en  un cuatrienio, que es incapaz de ahormar una plantilla de primera; no entiende que se hayan fichado sesenta y tantos futbolistas de perfil bajo; no entiende que el agujero de la entidad haya rozado los 150 ‘kilos’; no entiende, en una palabra, que la afición blanquilla aguante tanta arrogancia, tanto zarandeo y tanta falta de respeto.

Cuando, antes del partido ante el Getafe, estalló La Romareda, me mandó un mensaje al móvil escueto y sincero: “¡ya era hora!” decía…

Quedan cinco días para que termine el mercado invernal y aquí estamos, mirando al horizonte, esperando ver aparecer la siguiente medianía –si es que llega- para reforzar justo la línea que menos necesaria sea. Manolo Jiménez –tipo cabal- se hace de cruces ante tanta incompetencia funcional.

Me temo, amigos y amigas, lo peor. Que se desaproveche la oportunidad de rehacer, sea a través de un fondo, de una cima o de una sima, una plantilla llamada a certificar su defunción en apenas tres semanas. Es intolerable que se haya desperdiciado las cinco sextas partes del mercado invernal sin fichar a nadie que sea capaz de ver la portería desde dentro. ¿Defensas? ¡Por favor! ¡Que hemos metido dos goles en dos meses!

¿Por qué será que no me creo nada…?

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