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Agné va a pasar a la historia... me temo

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A la historia negativa, naturalmente... Si no lo remedian una serie de buenos resultados, claro está. Foto J. Fernández. A la historia negativa, naturalmente... Si no lo remedian una serie de buenos resultados, claro está. Foto J. Fernández.

Tiene que ser un virus. Algo desconocido y peligrosísimo. Altamente contagioso y sin vacuna posible. Debe de poblar los rincones del despacho del entrenador, las duchas en su vestuario o la mismísima taquilla. Ese virus es el culpable porque si no es así no se entiende. Es aterrador comprobar como cambian de personalidad los diferentes técnicos que pasan por el banquillo del Real Zaragoza. Y en apenas un par o tres de meses.

Cuando llegan, hablan de fútbol y de sus principios y, en general, nos gustan esos enunciados. Buen trato de balón; los buenos al campo; estilo del gusto de La Romareda; crecer desde el balón; compromiso y sufrimiento; aroma de equipo grande; respeto a la historia... y nos comemos hasta la bola ese catálogo de lugares comunes, de palabras bonitas y de guiños supuestamente cómplices. Y eso es porque tenemos tantísimas ganas de que eso sea cierto que nos tragamos todo, todo, todo... porque queremos creer, porque necesitamos creer tras tantos años de mentiras, falsedades, incompetencias y fracasos.

Al poco tiempo -eso si- los inquilinos del banquillo de la vieja Romareda mutan. Es progresivo. Los síntomas son conocidos: Nada de buen trato al balón; resultadismo a ultranza; los buenos en la grada, sacrificados al músculo y a los sistemas de todo a cien y mucho autoengaño: "este es el buen camino"; "estoy contento con el partido"; "el fútbol es cruel con nosotros"; "sabemos competir" y "hay que seguir trabajando" son algunos de los lugares comunes que se escuchan, indefectiblemente, al final de cada partido en la sala de prensa del municipal o en cualquier campo de esta piel de toro.

Otro síntoma es la hostilidad: malas caras para con los medios de comunicación, duelos al sol con los pesos pesados del vestuario, futbolistas favorecidos, insistencias suicidas, malrollismo con el Consejo, convocatorias para el análisis, alineaciones penosas, cambios esperpénticos...

El paciente, llegado a este punto, languidece y fenece deportivamente hablando. Y se va a la francesa... sin despedirse de nadie. Portazo.

Este proceso, de un tiempo a esta parte, es repetitivo y Agné, al igual que sucedió con Popovic, Carreras o Milla ya lo ha iniciado. El único tratamiento posible es ganar pero eso es difícil, claro. Y más complicado es ganar varias veces...

De un tiempo a esta parte, en el Real Zaragoza se apuesta por entrenadores de perfil bajo -o bajísimo- cuyo destino jamás -jamás, insisto- se hubiera podido cruzar con el del club aragonés si no fuera por el grado de descomposición que sufre la institución del león. El Consejo se equivocó al contratar al mago de los Balcanes y a Juliá, y éste se lució con la elección de tres entrenadores inapropiados. Entre los unos y los otros, ya van 3 años en segunda más el de propina -el primero por orden cronológico-  brindado por el genio valenciano y el de Navaleno. Cuatro años, cuatro...

Lo de Agné es cuestión de tiempo. Al de Mequinenza le sobran malos modos y le falta humildad. Carácter tiene, naturalmente... pero mal entendido. Sus números son terroríficos, insalvables... ¡cinco partidos ganados de quince disputados con el Real Zaragoza en segunda división!...  Va a pasar a la historia, naturalmente, pero a la historia negativa de este gigantesco club. Nadie en más de 80 años ha sido capaz de igualar su marca. Lo suyo es la crónica de un cese anunciado. Sigue en el club porque su situación se solapó con la del director deportivo camino de la puerta de salida porque si no hubiera sido así, haría tiempo que sus decisiones le hubieran condenado.

El cese de Agné no parece que sea la solución a todos los males de este triste Real Zaragoza pero hay que tener cuidado no vaya a ser que su continuidad... sea, a la larga, el verdadero problema.

Es un dilema.

 

 

 

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