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Un verano inolvidable (I): Imponente Alto Aragón

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Por Olivier Vilain

 

Estimado Sancho: el corazón me obliga a pedirte disculpas de la más sincera de las maneras. Cierto es que no he cultivado nuestra amistad en los últimos tiempos y ni una línea te he dedicado. Pero puedes creer que constantemente he tenido en mis pensamientos escribirte en cuanto mi regreso fuese un hecho. Y, como puedes constatar, ahora mismo cumplo dicha promesa.

Además, compañero, estoy convencido que tras este breve relato de mis andanzas veraniegas, entenderás que el tiempo lo he consumido con voracidad y que no encontré un minuto siquiera para hacerme con una pluma. Porque en estas semanas de asueto, decidí recorrer centenares de kilómetros y conocer mejor este apasionante y abrumador territorio llamado Aragón. Si, amigo mío, muchos palmos de terreno ya no me resultan desconocidos tras el estío. Ví las aguas cristalinas del río Alcanadre precipitarse al vacío en el Salto de Bierge. Descubrí las maravillas de Boltaña y L' Ainsa aprovechando la nueva carretera de Yebra Fiscal. Lloré con las ruinas de Jánovas que recuerdan un sinsentido más de nuestra historia reciente; charlé con el alcalde de Plan en su propio terreno con una cerveza en la mano tras conocer el pasado de su pueblo y alrededores en el sorprendente museo etnológico de San Chuan de Plan. Admiré otro ríos como el Cinca y el Cinqueta merodeando bajo la Peña Montañesa, así como el Gállego o el Escarra. Porque cambié de valle para vivir en primera persona la inauguración de la calle José Antonio Labordeta en Canfranc, asistiendo al emocionado homenaje de sus vecinos y de un alcalde cuya voz temblaba. Y me adentré en los vestigios de la estación de tren de este lugar, convertido en plató de cine y demostración de la verguenza que supone el olvido. Incluso, en otra jornada, trepé por las laderas de Panticosa para maravillarme con sus fuentes termales.

Ya ves, amigo mío, mis pies han recorrido muchos kilómetros en los últimos tiempos. Conozco más y mejor Aragón y sus gentes. En consecuencia, el amor por estas landas ha crecido y pesa más que nunca en mi alma. También he de decirte que mis guías fueron los mejores y más apasionados. A ellos le debo esta increíble experiencia. Por cierto: te anticipo que crucé la frontera gala en un par de ocasiones y terminé mi resposo al borde del Mediterráneo. Pero esta segunda parte de mi verano te la relataré con algo más de tiempo en una próxima carta. Cosas veredes.

 

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