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Un verano inolvidable (II): moriré en L'Ametlla del Mar

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Estimado Sancho: tenía pendiente rendirte cuentas de la segunda parte de mi escapada veraniega. Debo decirte que de los enormes peñascos del Pirineo me trasladé a la plenitud del mar Mediterráneo, ese lugar en el que tantas veces te he asegurado deseo pasar los que serán, alguna vez, mis últimos días. Pero como entiendo que me queda cierto tiempo hasta alcanzar ese ocaso y que la salud me acompaña, me conformo en estos tiempos de breves exilios con billete de regreso en el bolsillo. Mi destino fue, como en tantas otras ocasiones, L’Ametlla del Mar, ese pequeño reducto pesquero que queda en el sur de la costa catalana. Nadie diría que un lugar como éste puede existir teniendo en cuenta que apenas unos kilómetros al norte arde el bullicio de lugares, para mí denostados, como Salou o Cambrils. L’Ametlla es un pueblo marinero en el cual los pescadores siguen arreglando sus redes esparcidas por los muelles del puerto, un pequeño paraíso en el que siempre huele a pescado y donde los gatos tienen su jauja particular. La diferencia con otros municipios en los que el ruido del mar se solapa por millones de chanclas repicando sobre las aceras es que no hay playas propiamente dichas. Son dos decenas de calitas pequeñas y salvajes en su mayoría. No hay apenas chiringuitos ni los aviones sobrevuelan la costa con enormes carteles anunciando yogures desnatados. No, compañero de andanzas, en L’Ametlla el tiempo se para, cada momento del día tiene su encanto y se entiende que todo aquel que la visita lo hace porque ama el mar, que no la playa. Disfruté esos pocos días como el mejor verano de mi vida. Me agrupé con amigos de verdad, que, sabiendo que yo conocía bien el terreno, permitieron que les guiara por las maravillas del territorio. Y tuve al fin la oportunidad del más feliz acontecimiento: volver a enfundarme el traje de neopreno y bucear en las tranquilas aguas al norte del Delta del Ebro. No quiero aburrirte con mis horas bajo el agua, simplemente decirte que topé de nuevo con mis queridos sargos y adoradas corvas, esquive varias medusas enormes y fui feliz allá abajo cada minuto. Así las cosas, Sancho, han pasado ya semanas desde entonces y el ritmo infernal del día a día ya me ha deglutido. Pero aún soy capaz, en los momentos más duros de la vida en la ciudad, de abrir una ventana en mi mente y huir, bien bajo las aguas de la cala Xelín, bien cerca del olivo donde dormíamos la siesta, arropados por su sombra. Cosas verdes.

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