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Un alcalde rodeado de basura

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Estimado Sancho: quiero compartir en esta ocasión una vivencia de aquellas que se quedaron grabadas en mi memoria desde muy pequeño. Como bien sabes, nací y crecí en un pequeño, pero orgulloso país del centro de Europa: Bélgica, uno de esos lugares que siempre se ha considerado especialmente civilizado y que abandera con premura los avances sociales tomando los riesgos correspondientes. Pues bien, recuerdo un conflicto en mi ciudad natal, Lieja, que enfrentaba al alcalde con el servicio de recogida de basura. De los pormenores del desencuentro, Sancho, no te puedo hablar con demasiado detalle ya que mi edad rondaba los ocho años, pero sí tengo una visión clara de lo que sucedió. Supongo que los trabajadores reclamaban algún tipo de mejora en sus condiciones que el alcalde, en una posición pétrea, no aceptaba. Fue entonces cuando los “afectados” tomaron la decisión de movilizarse. Una huelga de recogida de basuras, pensarás… pues no fue exactamente así. Los trabajadores pusieron en jaque al alcalde de una forma creativa y que gustó a toda la ciudad… menos al propio primer edil. El planteamiento fue que se siguió limpiando la ciudad y recogiendo las bolsas y desperdicios, pero en lugar de llevarlo todo, como es menester, al vertedero de turno, fueron día a día rodeando con la basura de toda Lieja el ayuntamiento y, por tanto, las cercanías del despacho del alcalde. Obviamente, el alcalde montó en cólera e intentó que los servicios de limpieza apartaran de sus dominios tanta insalubridad, pero los trabajadores respondían que el político debía elegir: o seguían realizando el servicio a los ciudadanos, limpiando sus cubos de basura, pero destinando los desechos al perímetro de la alcaldía o bien realizaban una huelga en toda regla, perjudicando a todo el mundo. La patata caliente quedó en el tejado del alcalde porque a los ciudadanos, en realidad, les importaba poco el conflicto y las consecuencias para el ayuntamiento mientras el servicio por el que pagaban mes a mes se cumpliera. Además, ver el ilustrísimo ayuntamiento de la eterna y gloriosa ciudad de Lieja rodeado de la basura durante días y días de protesta acabó siendo todo un espectáculo al cual centenares de personas acudían a diario para observar el proceso del crecimiento de las montañas de desperdicios, así como la propagación de los hedores. Eso sí, los curiosos miraban desde una distancia más que prudencial el cuadro, por aquello de la salud. Así las cosas, el alcalde claudicó y los trabajadores lograron sus mejoras, limpiando los alrededores del augusto edificio y siguiendo con su día a día. Eso sí, la ciudad nunca sufrió la falta de recogida de basura. Bueno, nadie lo sufrió menos el alcalde. Cosas veredes.

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