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Aragón y su historia

Volteando otra vez la Campana de Huesca

Volteando otra vez la Campana de Huesca

Por Miguel Martínez Tomey, director de la Fundación Gaspar Torrente

Envuelta en una cortina legendaria, la historia de la Campana de Huesca ha sido durante muchos siglos uno de los referentes literarios aragoneses más difundidos por España y el resto de Europa. La historia de un clérigo que, por imperativo de las circunstancias, ha de asumir la labor de rey, con unas obligaciones que se contraponen a las pautas a las que se sujetan los religiosos (especialmente la de guardar celibato y no ejercer la violencia), resultó muy atractiva para el público desde la Edad Media hasta el siglo XX.


Aunque en nuestros días el tema no parece interesar en exceso a escritores y realizadores de cine, el relato de la Campana de Huesca sirvió durante muchísimos años para mantener viva en la cultura europea una "lección de la vida" que en la antigüedad ya había propagado la literatura sánscrita y autores clásicos como Heródoto, Dionisio de Halicarnaso, Tito Livio y Valerio Máximo. Todos estos autores recogieron en diferentes versiones un cuento popular que describía una argucia política que se transmitía a su protagonista de forma simbólica, mediante la corta de espigas o plantas de adormidera de mayor altura que las demás, indicando con ello la utilidad de acabar con los líderes de la comunidad o grupo a quien se pretende someter.
Pero lo interesante del relato oscense es que, a diferencia de las versiones de la antigüedad, envueltas en un halo de leyenda por su lejanía espacial y temporal, mantuvo unos visos de realidad y proximidad que le daban una extraordinaria verosimilitud. Su transmisión primigenia se hizo de la mano de los cronistas, y aunque pronto paso al dominio de la literatura, culta o popular, su entronque con la realidad de un hecho histórico nunca fue del todo cuestionada.


Ya dimos cuenta en nuestro artículo "El astuto rey Ramiro II el Monje y el nacimiento de la Corona de Aragón" (http://www.diarioaragones.com/especiales/aragon-y-su-historia/32831-el-astuto-rey-ramiro-ii-el-monje-y-el-nacimiento-de-la-corona-de-aragon.html) de los desafíos a los que se enfrentó el rey monje y la habilidad y determinación con que los superó, por lo que no nos extenderemos de nuevo aquí a detallar las circunstancias que rodearon el episodio de la Campana de Huesca. Nuestro objetivo es únicamente añadir un dato, el resultado de un formidable hallazgo del añorado profesor Doctor y catedrático que fue de Historia Medieval de la Universidad de Zaragoza, don Antonio Ubieto. Un dato formidable pero que, por alguna extraña razón, parece haber quedado como olvidado en el relato contemporáneo de la historia de la Campana.

Sala llamada “de la Campana” en el Palacio de los Reyes de Aragón en Huesca, donde se cree que tuvieron lugar los hechos
Ya en nuestro citado artículo dábamos una explicación a estos hechos -basándonos en el propio Ubieto y en los relatos de otros historiadores- relacionándolos con la peligrosa ruptura de las treguas fronterizas con Al-Andalus a causa de un ataque a una caravana comercial entre Fraga y Huesca por parte de un grupo de caballeros. Ubieto había recabado datos que permitían identificar la desaparición o sustitución de un grupo de importantes tenentes aragoneses de forma abrupta y casi simultánea y su correspondencia cronológica con el periodo de vigencia de dichas treguas, lo que le llevó a concluir que
[...]en el verano de 1135 siete nobles aragoneses llamados Lope Fortuñones, Fortún Galíndez, su posible hermano Martín Galíndez, Bertrán, Miguel de Rada, Íñigo López y Cecodín rompieron los pactos de treguas firmados entre Ramiro II y Abengania, gobernador almorávide de Valencia. La ruptura se produjo al asaltar tales caballeros un convoy musulmán que iba de Fraga a Huesca. Con tal asalto, los caballeros incurrieron en la ira del rey, ya que al romper la palabra dada por éste, tal rompimiento equivale durante la Edad Media a matar a su señor.
Pero el propio Ubieto publicó más tarde, en 1982, un estudio con nuevos hallazgos que relegarían a un segundo plano la importancia del ataque mencionado como desencadenante de la represión del rey. Datos que apuntan a causas de mucha mayor gravedad y que entroncarían directamente con las rebeliones nobiliares sobre las que existe constancia documental y que resulta imprescindible destacar.
De acuerdo con las reglas de vasallaje, un señor como Ramiro II solo podía desposeer a sus tenentes de las honores concedidas por tres motivos: muerte del señor, comisión de adulterio con la mujer del señor o uso de las honores en favor de otro señor. Ubieto encuentra fuertes indicios de que se produce la desaparición o sustitución de siete tenentes (número que coincide con la crónica de Ibn 'Idārī) entre agosto y octubre-noviembre de 1035 cuando se desarrollaba una grave rebelión.

Palacio de los Reyes de Aragón en Huesca
Según los testimonios reflejados en la documentación de la época, Ramiro se encontró ante una gran crisis que se inició en el primer año de su reinado, cuando el nuevo rey de Navarra, García Ramírez, rompió el pacto de Vadoluengo que había acordado con Ramiro en enero de 1135, por el que el navarro se prohijaba al rey aragonés para asegurar en el futuro una sucesión común, situación que convertía al primero en dependiente del segundo. Esta ruptura se produjo en mayo de dicho año, cuando García Ramírez rindió pleitesía a Alfonso VII de León y acudía a su coronación como Emperador pocos días después. Como recompensa, García Ramírez recibió la tenencia del antiguo reino de Zaragoza, que en aquel momento todavía ocupaba el leonés (si bien con el compromiso de devolverlo a la Iglesia según lo dispuesto en el testamento de Alfonso I el Batallador).

La Campana de Huesca, por José Casado del Alisal (1880)

Como apunta Ubieto, este golpe de efecto de García Ramírez debió de animar a algunos tenentes aragoneses a reconocer la soberanía del rey navarro (y con él la de Alfonso VII, como señor del que el rey navarro se hizo obediente) en perjuicio de Ramiro, ya que existen evidencias documentales del reconocimiento del dominio navarro por parte de algunos de los siete que después aparecen como despojados de sus honores. En concreto, Íñigo López, del cual el rey recupera la torre de Canfranc en agosto de 1135 en el marco de lo que podrían ser sus represalias contra estos rebeldes, y Cecodín de Navasa tenente de Ruesta y, supuestamente como recompensa a su defección, también de Sangüesa una vez puesto al servicio del rey García Ramírez. La gravedad de la situación creada en esa zona se hace patente, en opinión de Ubieto, en documentos como la carta de ingenuidad que Ramiro otorga en agosto de ese año a los habitantes de Uncastillo, en la que éste les premia por el amor y el gran servicio que me hicisteis y la fidelidad que tuvisteis a mis antecesores y después a mí, porque me devolvisteis el castillo y lo quitasteis a mis enemigos, a saber a Arnal de Lascún, que era mi rebelde, y no me recibía a mí en el castillo, ni en la villa, y quería colocar otro rey sobre mí, y quería toda mi natura desheredar, y además por estas cosas depredó la villa ya dicha y mató de mis hombres y mis parientes hasta cuarenta.


Todos estos indicios se refuerzan con otros testimonios documentales, que dan cuenta del exilio al que se vio forzado el rey aragonés hacia tierras del Conde de Barcelona (quien acabaría siendo su yerno) en septiembre y octubre, probablemente huyendo de aquellos nobles aragoneses que renegaron de su soberanía. En este sentido, Ubieto anota el documento que otorga el 18 de octubre en el castillo de Besalú en el que el rey aragonés se expresa en los siguientes términos:


Hago donación y confirmación a tí García de Sesa y a Pedro de Monzón, mis capellanes, a causa del gran servicio que me hicisteis y gran mal que trajisteis conmigo en tierra ajena. Que si Dios me vuelve a mi tierra, os doy y os concedo toda la honor que pertenece a Santa María de Alquézar; y San Juan de Matidero, con toda su honor [...]


Necesariamente, una reacción tan implacable hubo de causar (y tal vez así debía pretenderlo el rey monje) una gran conmoción dentro y fuera de Aragón y, en tiempos y circunstancias tan excepcionales, del mismo modo que sucedió con otros sucesos notables de la Europa medieval, no sorprende que el hecho se transmitiese para el conocimiento popular bajo la forma mítica o legendaria del relato de la "Campana de Huesca". La repercusión de estos sucesos y su propia conversión en leyenda reafirmaron el aura del fuerte carácter y autoridad de Ramiro frente a quienes cuestionaban su capacidad de mando, cumpliendo con ello con creces el objetivo y el mensaje ejemplar que motivaron la actuación del rey.

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