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Aragón y su historia

La atropellada entrada de Aragón en la guerra de Sucesión

La atropellada entrada de Aragón en la guerra de Sucesión

Por Miguel Martínez Tomey, director de la Fundación Gaspar Torrent

A veces me acuerdo de una foto que vi hace muchos años de unos pregoneros del rey Jorge VI de Inglaterra leyendo por las calles de Londres, a grito pelado, la declaración de guerra contra Alemania el 4 de septiembre de 1939. Dentro del caos de toda guerra, esta escena ya tan anacrónica para esos años me parecía el no va más de la formalidad. Una guerra es un horror, pero incluso en tal situación siempre hay que esforzarse por buscar cierto orden y hasta elegancia -me decía entonces- y nada mejor que empezar por declararla como es debido. ¡Qué fatuo! Lo cierto es que, la mayoría de las guerras prescinden de tales formalidades “galantes” y más aún si eso supone reconocer haber sido el primero en tirar del gatillo.

A pesar del tiempo transcurrido, la entrada de Aragón en la que sería su guerra más fatal, la que acabó con su existencia como Estado independiente (al menos, todo lo independiente que se podía ser en la monarquía de los Austrias), no pareció ser un dechado de organización y formas. Posiblemente habría un pregón que se sentiría por calles y plazas de todo el reino como reacción a la declaración de guerra que la Gran Alianza (liderada por Inglaterra, Austria y los Países Bajos) hizo contra Francia y España el 15 de mayo de 1702. Pero lo cierto es que los combates ya se habían iniciado casi un año antes, con la invasión austriaca de las posesiones españolas del norte de Italia.

Por aquel entonces existía en Aragón una fuerte antipatía hacia Francia, tras todo un siglo de guerras cuyos estragos sufrió en su territorio dejándolo exhausto. Dicho sentimiento se mantenía vivo por aquel entonces entre la población, más aun considerando las suspicacias que existían con respecto al programa político de la nueva dinastía, cuya vocación absolutista y centralista había quedado bien patente en la Francia de Luis XIV. Pero, por otro lado, dada la posición geográfica de Aragón, tener en esta ocasión a Francia como aliada y no como enemiga parecía aportar al menos una mayor seguridad con respecto a lo sucedido en las anteriores guerras.

Los hechos posteriores se encargarían de desmentir esa falsa seguridad. Pero, por lo pronto, los frentes de batalla parecían lejanos y el reino no se hallaba lo suficientemente recuperado de sus pasadas calamidades como para contribuir poderosamente al ya de por sí enclenque despliegue militar de la corona hispánica. A Aragón llegaron, sin duda, las noticias del fracasado intento aliado de tomar Cádiz (agosto y septiembre de 1702), así como la propaganda borbónica sobre los pillajes y sacrilegios cometidos por los aliados en la zona; también del desastre parcial de la batalla de Rande (23 de octubre de 1702), en la ría de Vigo. Es de suponer que aumentaría mucho la inquietud al conocerse en el verano de 1703 que Portugal y Saboya se unían a los aliados, aunque los primeros intentos de invasión de Castilla desde suelo portugués fueron rechazados.

Todavía más alarma debió de causar el desembarco de los aliados junto a Barcelona entre el 27 y el 31 de mayo de 1704. Éstos estaban mandados por el príncipe de Darmstadt, que se había ganado el favor de los catalanes entre 1695 y 1698 durante la última guerra contra Francia, siendo recompensado con la grandeza de España y el Toisón de Oro, así como con su nombramiento como virrey de Cataluña. Darmstadt había sido destituido de su cargo por Felipe V, pero mantuvo contacto con sus apoyos catalanes y se afanó en aprovechar la animadversión de éstos hacia Francia para fomentar la sublevación de los catalanes y la entrega de la ciudad de Barcelona. Sin embargo, la indecisión de las instituciones catalanas y el férreo control represivo del entonces virrey, Antonio Fernández de Velasco, impidieron el éxito del intento.

En esta ocasión, la Diputación del Reino de Aragón se vio obligada a reaccionar de forma algo más decidida, y se acordó el envío a lo largo del verano de ese año de diferentes contingentes de caballería que, dada la escasez de su número (poco más de un centenar), se integraron en la llamada “Guardia Italiana” que estaba de guarnición en Barcelona. Desde luego, nada que ver con la movilización de contingentes aragoneses que solo unos pocos años antes, con ocasión de la última guerra contra Francia, se habían desplegado en el territorio catalán. Parecía haber en Aragón más escasez que miedo a la guerra, y más desconfianza que motivación en la sociedad; pero, por otra parte, los esfuerzos del monarca borbón estaban concentrados en la frontera portuguesa y no parecía esperarse ninguna ofensiva de importancia desde el Mediterráneo, a pesar de la superioridad naval aliada: así pues, no se enviaron refuerzos sustanciosos a Cataluña y, menos todavía, a Aragón, a pesar de su manifiesta debilidad militar.

 

Pero la situación se iba deteriorando alarmantemente en Cataluña, Aragón y Valencia, en donde los agentes conspiradores en favor del austracismo iban ganando adeptos y capitalizando el creciente descontento que suscitaba la guerra, especialmente en las clases populares. En Aragón fue el conde de Cifuentes el principal instigador de la rebeldía, mostrándose muy activo en Teruel, el Bajo Aragón y Zaragoza. El estado de cosas era tal que el arzobispo de Zaragoza y virrey de Aragón, Antonio Ibáñez de la Riva, llega a escribir en agosto de 1705 a uno de los funcionarios castellanos que llegaron a Aragón a perseguir a Cifuentes de la siguiente manera:

Creo lo que Vd me asegura de que en veinte leguas ha penetrado de este Reino apenas a encontrado hombre que no sea apasionadisimo del Conde y al mismo paso sospechosisimos en la fidelidad esplicandose con bozes harto escandalosas y aun diziendo a Vd que en cada Aragones tiene el Conde un escudo, y que caso que se prendiese le quitarian por fuerza. Todas esas acerziones que Vd me haze las tengo por ziertas, y las e confirmado con otros semejantes vozes por el temor y algun respeto que tienen a estos tribunales pero en la realidad los animos de los mas son los mismos que los de los pueblos. En la ocasión pasada en que estuvieron Vds en esta ciudad se iban conmoviendo los gremios de labradores, albañiles y pelaires para salir a alcabuzear a Vds y espresando que era contra sus fueros venir ministros forasteros ha hazer prissiones a Aragon.

Y, efectivamente, lo era. Las violaciones de las leyes del reino por parte de los agentes de la monarquía reforzaban la sospecha de que el nuevo rey borbón albergaba en su ánimo el mismo afán absolutista de su abuelo Luis XIV, y que las agresiones sufridas en 1591 podrían repetirse aumentadas. Por lo tanto, la defensa de la constitución aragonesa, de su foralidad y libertades, se unía a los sentimientos de hostilidad a los franceses entre las clases populares, quienes más duramente padecerían la ausencia de las primeras y las calamidades de la política belicista de los segundos.

Esta situación general, sin embargo, estaba muy matizada por las circunstancias locales, especialmente si se trataba de poblaciones próximas a la frontera con Castilla y Francia como Jaca, Sos, Tauste, Mallén, Borja o Tarazona, que en el caso de un decantamiento aragonés por el pretendiente austriaco quedarían expuestas directamente a las hostilidades del enemigo. También lo sería para otras que como Maella o Fraga, en la frontera con Cataluña, reaccionarían negativamente ante las imposiciones y agresiones de las partidas y tropas austracistas que requerían su entrega y contribución a su causa.

En el otoño de 1705 el deterioro de la situación era gravísimo: en septiembre los aliados habían vuelto a desembarcar en Barcelona, a la que habían puesto en estado de sitio, mientras en toda Cataluña y algunas comarcas aragonesas limítrofes se iban formando partidas dispuestas a actuar contra cualquier socorro que pudiese ser enviado a la ciudad condal. El 1 de septiembre se informaba de las amenazas recibidas por los de Maella por no haber dado cobijo ni suministro a una de estas partidas. Esto determinó la salida de dos compañías desde Alcañiz y Caspe para ayudar a los maellanos en su defensa. En los días siguientes salieron de Madrid, Vitoria y Valencia diferentes contingentes hacia Cataluña, la mayoría de muy poca entidad como para suponer una verdadera amenaza para los sitiadores de Barcelona (unos 17.000). No parece probable que llegasen a su destino y en buena parte ni siquiera podrían mantenerse más allá de los límites de Aragón. 

Siendo la caída de Barcelona solo cuestión de tiempo, para las autoridades aragonesas resultaba fundamental asegurar al menos el control de Lérida, base estratégica esencial que abría la puerta a cualquier ataque contra Aragón. Sin embargo, Lérida ya estaba asediada desde el 23 de septiembre por los austracistas catalanes y su pequeña guarnición (unas pocas docenas de hombres) tan solo pudo recibir a tiempo como refuerzo a un centenar de soldados del regimiento irlandés de don Melchor Enríquez, que sería conocido después por los austracistas aragoneses como “el hermanico irlandés”.

En este contexto las autoridades aragonesas se muestran, sin embargo, lentas y dubitativas. Un tal Fernández Sarasa demandaba por aquellos días en Zaragoza que se estableciese una junta para realizar las necesarias levas de soldados, lo que evidencia que la movilización aragonesa no se producía con la celeridad y amplitud que exigía la amenaza austracista. 

Sobre el terreno la situación era muy complicada incluso antes del asedio a Lérida. Así, el 22 de septiembre el coronel austracista José Nebot, tras haberse apoderado del castillo de Miravet, se presentó ante Mequinenza con 600 combatientes. La guarnición, de 32 soldados, se rindió a media mañana. Aunque Nebot regresó después hacia Tortosa, es posible que la alarma generada determinase al gobernador de Aragón, José de Urriés, que había acudido a asegurar Fraga con una compañía de Jaca (posiblemente de la guarnición de su castillo) y una veintena de oficiales al mando de Melchor Enríquez, desamparar dicha población y retirarse hasta Bujaraloz.

En esos últimos días de septiembre, mientras va llegando un goteo de pequeñas unidades desplazadas desde Castilla, así como tres regimientos de Navarra (con 600 indisciplinados soldados cada uno), la movilización aragonesa sigue pareciendo fragmentaria y escasa: tres compañías de Zaragoza al mando de los capitanes don Agustín Bosque, don Miguel Yrazábal y don Manuel Galbán e Yrazábal; otro pequeño contingente al mando del gobernador de Jaca;  el marqués de Lierta con 40 caballos, más otros 10 que se le unen en Zaragoza, encabezados por cuatro caballeros renombrados de la ciudad y 14 escopeteros; se añaden otros 35 o 40 caballos del capitán Manuel del Rey. Todos se juntaron a 160 Guardas de Corps, otros 24 de la compañía de don Antonio Belenguer y a 24 oficiales irlandeses del regimiento de Enríquez. De camino venían 400 Guardas del Rey que habían  entrado en Aragón por Tortuera y Molina de Aragón. El conde de Atarés, José Sanz de Latrás, aportó otros 40 hombres que había alistado a su costa, mientras que la ciudad de Zaragoza se comprometió a levantar 500 hombres en 8 compañías de unos 60 soldados cada una.

No obstante tales compromisos, el hecho cierto es que en ese momento sobre el terreno solo había algo más de 200 soldados aragoneses y otros tantos de unidades que habían llegado desde Castilla. Este medio millar escaso de soldados, reagrupado en Bujaraloz, volvió a ponerse en marcha alrededor del 26 de septiembre hacia la frontera catalana, pero enseguida se detuvo en Candasnos al recibir la noticia de que unos 500 combatientes austracistas estaban atacando Fraga. Poco después supieron de la exitosa resistencia de los fragatís a este ataque, lo que les decidió a continuar su camino. No obstante, la parada decidida por el gobernador Urriés fue interpretada por el virrey arzobispo como un signo de cobardía que supuso su traslado a un frente aún no tan amenazado como era el de Barbastro y Monzón.

Entre tanto, el grueso de los refuerzos iba llegando a Zaragoza bajo el mando del barón de Winterfeld. Desde la capital de Aragón éste escribió al Secretario de Guerra y Hacienda Grimaldo el día 30 de septiembre informando de los desórdenes producidos por los tres regimientos navarros a su paso por la ciudad. De ellos dice que se componen de gente obligada a alistarse por la fuerza, indisciplinada y de poca fiabilidad para el combate, y que habían causado un desorden delante del mismísimo virrey de Aragón. Como respuesta, se intentó apresar a los levantiscos, pero la población de Zaragoza salió en su defensa. Además, 200 soldados del regimiento del conde de Ripalda y otros 300 del de don Francisco Mencós no quisieron continuar. Winterfeld aseguraba que solo confiaba en los 400 soldados de las guardas española y valona con que contaba.

Con este panorama, la vanguardia aragonesa que llegó hasta Fraga no pudo evitar la caída de Lérida, su objetivo inicial, teniendo que limitarse a tratar de impedir la penetración de los austracistas en Aragón hasta la llegada del grueso del ejército real. De éste solo pudieron llegar a primeros de octubre 10 escuadrones de caballería (unos 1.500 jinetes) y 600 soldados de infantería al mando del Teniente General Salazar, que había llegado con la caballería desde Denia. Después de una semana de intentos y amagos entre Alcarrás y Lérida, Salazar constató que no podía recuperar la capital del Segre con las tropas y pertrechos con los que contaba, careciendo además de artillería, con lo que se retiró de nuevo hacia Fraga el 7 de octubre.

Ese día, se encontraba en Candasnos, un oficial aragonés llamado José Félix Serra que había recibido la orden de retroceder desde la frontera hasta Bujararoz para recibir al nuevo capitán general de los ejércitos borbónicos, el Principe T'serclaes de Tilly. Serra escribe desde allí una carta quejándose de la pérdida de tiempo que suponía desplazar un destacamento para recibir al nuevo jefe. Aprovecha su misiva para resaltar el valor demostrado en las acciones de aquellos días por los capitanes de las compañías de la ciudad de Zaragoza. Pero todo ello a pesar de toda clase de problemas, entre el que no es el menor el obsoleto y defectuoso estado del armamento del ejército aragonés, ya que dice que sus armas están “descompuestas y se revientan”.

Dos días después la ciudad de Barcelona caería en manos de los aliados y, con ella, la mayor parte de Cataluña. Los problemas no habían hecho más que empezar. Ningún heraldo salió a pregonar la era de las calamidades que se iniciaba en aquellos momentos.

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