Felipe de tal...

Felipe de tal...

Por Miguel Martínez Tomey, director de la Fundación Gaspar Torrente

¿Quién es para un aragonés el tal Felipe VI? ¿Nos conocemos, señor? ¿De qué estirpe habla el ordinal que acompaña a su nombre? ¡Ah claro!: el rey de España… pero ¿de qué España? ¿De la de quienes vencieron las guerras –también las crisis financieras- y las paces ibéricas y europeas o la de los que quedaron vencidos, marginados y despreciados para construir el organismo político, económico, social y cultural oficial al que usted da aromas de legitimación  y el relumbrón que encandila a las almas sencillas?

Pues sepa que para este ninguneado parche de España llamado Aragón, la monarquía de usted no es la que a nuestros ancestros les dio la independencia en el siglo XI. De ser esa, usted se haría llamar también Felipe V de Aragón. Pero su remoto predecesor, Felipe V de Castilla, decidió no hacerlo porque, sencillamente, aniquiló aquello que justificaba la existencia de una monarquía aragonesa: la independencia del país, el sometimiento del poder público a las leyes (llamadas aquí fueros) y las garantías a los derechos de las personas. Lo hizo en 1707 después de una guerra brutal, que siguen sin contar los manuales de Historia con los que estudian nuestras hijas e hijos y, antes que ellos, una docena de generaciones en los últimos tres siglos. Una guerra, llamada de Sucesión española, en la que derrotó a los muchos aragoneses que se movilizaron contra ese primer borbón temiendo que hiciese lo que finalmente hizo, y en la que traicionó a los que le lucharon a su favor creyendo en el juramento que hizo cuando fue reconocido como rey por las Cortes de Aragón en 1703. Felipe V de Castilla se hizo Felipe V de España “matando” (en sentido político, se entiende) a Felipe IV de Aragón.

Así que, lo siento mucho, amigas y amigos aragoneses y aragonesistas, monárquicos o no, que fantaseáis con la idea de que este nuevo Felipe se atenga también a la serie sucesoria aragonesa: no existe ni existirá Felipe V de Aragón. Para nosotros será como si el primer Felipe de Castilla  (llamado “El Hermoso”) hubiese sido rey de Aragón; cosa que nunca sucedió, aunque sí fue reina de Aragón su desgraciada mujer (Juana “la Loca”) y a partir de entonces nuestros Felipes y los castellanos hubiesen sido la misma cosa. Conveniente aunque falso; pero¿qué más daría una falsedad más, oiga?

No, no lo hará, no se hará llamar Felipe V de Aragón, como tampoco declarará abolidos los Decretos de Nueva Planta que sustituyeron el singular sistema foral aragonés, su parlamentarismo y su sistema de garantías individuales por la sucesión de gobernantes absolutos (llámense reyes o presidentes), autoritarios y déspotas que trajo consigo la España unitaria. No habrá reconocimiento, no pedirá perdón, no habrá devolución de lo robado.

Tendremos más de lo mismo. Esta cara y bofa institución que no aporta ni aportará nada que sirva para gran cosa o que no pueda obtenerse por mejores medios: ni es imprescindible, ni garantista, ni conciliadora, ni ilusionante. Seguirá siendo para los aragoneses que tengan un poco de memoria, conocimiento y dignidad la encarnación de un insulto histórico cuyas consecuencias seguimos pagando en el presente, la imagen viviente de un proyecto nacional fracasado, borde.

Que se llame como quiera: en estos páramos seguirán soplando los mismos cierzos, los mismos hielos, las mismas sequías. Y seguiremos oteando a lo lejos, como siempre: buscando con la vista -cada vez más angustiados y famélicos- una tierra que ponga libertad.

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