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Napoleón y Aragón (II)

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Napoleón y Aragón (II)

Por Miguel Martínez Tomey

Los héroes de los Sitios, nuestros héroes, no eran percibidos así por los franceses, que en todo momento los consideraban como unos fanáticos capaces de las mayores aberraciones por defender el oscurantismo que representaba la España de la Inquisición, la incultura y el atraso, frente al espíritu ilustrado y humanista del que ellos eran portadores. Esto no les impidió descargar su venganza sobre los vencidos: el primero de ellos, Palafox, quien -gravemente enfermo como estaba- fue obligado a desplazarse a Casablanca a firmar la capitulación, fue desarmado con deshonor y enviado preso a Francia con otro nombre para que nadie siguiese su rastro. Qué no decir de sus soldados: 12.000 hombres que se negaron a jurar lealtad a Napoleón y que fueron llevados prisioneros a Francia. Las instrucciones que dio para ellos el emperador fueron claras:

Recomendaréis un régimen severo y que se tomen medidas para hacer trabajar a estos individuos de buen grado o por la fuerza. Son en su mayoría fanáticos que no merecen ninguna consideración.

Palabras que recuerdan mucho a las que determinaron posteriormente la suerte de tantos deportados a los que se consideró menos que humanos. No es de extrañar que, de los combatientes de Zaragoza, muriesen cada día en las primeras jornadas de su marcha del orden de 300 a 400. Nada que no conociesen -en un grado mucho peor-los 14.000 franceses prisioneros tras la batalla de Bailén y deportados a la isla de Cabrera, de los que sobrevivieron solo 3.700; muchos de ellos perdieron el juicio (por ejemplo: algunos hubieron de alimentarse de los cadáveres de sus compañeros cuando fallecían para no morir de hambre; ¿no es para volverse locos?) o quedaron traumatizados para el resto de sus días. Este "episodio nacional" de la lucha española contra el francés no tuvo nada de heróico ¿no creen?

Pero volvamos a Aragón. Tras la caída de su capital, el general Blake lanzó en abril de 1809 desde la parte oriental de Aragón un contraataque que, tras las alentadoras victorias de Alcañiz y Fonz quedó desbaratado dos meses después. A pesar de ello, el hostigamiento de las guerrillas y la incapacidad de los mandos franceses para acabar de controlar el territorio ocupado en la península (en Aragón quedaban fuera de su control amplias zonas del sur y del este), motivaron un cambio fundamental. Napoleón, inquieto ante la situación, y considerando ineficaz la política contemporizadora de su hermano, el rey José I, decidió separar a Aragón, Navarra, Vizcaya y Cataluña del gobierno de España para administrarlas directamente desde Francia. ¿Un primer paso para su anexión? Fuese o no ese el propósito, el caso es que el decreto de separación del 8 de febrero de 1810 puso al mariscal Suchet como gobernador del "Reino de Aragón" (ya lo era en el plano puramente militar) y marcó un antes y un después, en el que se afianzó la posición de dominio de Francia sobre el territorio y la sociedad aragonesa. 

Suchet se aseguró de cumplir a rajatabla las instrucciones de Napoleón de que "la guerra ha de sostener la guerra", esto es: los ejércitos franceses habrían de sostenerse exclusivamente con los recursos de los territorios en los que operasen. De esta forma, Zaragoza se convirtió en el centro político, administrativo, económico y logístico de un país que había de pagarse los costes de su propia invasión, así como los del avance francés hacia el Mediterráneo.

La respuesta de los aragoneses -no tanto de los numerosos colaboracionistas y amedrentados que hubo- fue la desobediencia o la resistencia pasiva (más o menos manifiesta). Pero Suchet no solo respondió con el secuestro de bienes y rentas de quienes se resistieron, sino que le añadió una onerosa contribución especial de guerra sobre los aragoneses (36 millones de reales al año) destinada, según se dijo, a combatir a los "bandidos" que todavía hacían de Aragón una retaguardia insegura. Asimismo, dividió Aragón en dos "comisarías generales", con el Ebro como línea divisoria. La norte tendría su capital en Zaragoza y la sur en Cariñena, aunque de hecho se emplazó en Caspe mientras duraron las operaciones militares en el Bajo Aragón.

La reforma de los poderes locales fue, sin embargo, absolutamente ejemplar, acabando con las competencias jurisdiccionales de los ayuntamientos y retirando a los regidores por privilegio nobiliario y a los nombrados por el rey, sistema que se había implantado en Aragón desde la invasión de 1707 por Felipe V y la imposición del sistema castellano. Así que, en lo sucesivo, los nuevos cargos serían elegidos por los mayores contribuyentes de cada localidad. Nada que hoy admitiríamos, pero era mucho más consecuente conlas ideas que abogaban por hacer de la burguesía la fuerza motriz que acabase con la hegemonía de la nobleza propia del antiguo régimen. 

No obstante, ni hablar de la recuperación de las libertades políticas aragonesas y del sistema parlamentario y foral anterior a los borbones. Cabe señalar en este sentido que, durante el segundo sitio de Zaragoza, se produjo el políticamente significativo bombardeo con proyectiles incendiarios del antiguo palacio de la Diputación del Reino de Aragón en la noche del 26 al 27 de enero de 1809, que acabó con buena parte de su archivo (que incluía el de las Cortes de Aragón, el Justicia y la Real Audiencia) y casi todas las obras de arte allí depositadas. Para Napoleón las libertades aragonesas de antaño y su cultura política, tan opuestas al absolutismo de reyes y emperadores, no eran "recuperables" para el nuevo proyecto político que deseaba imponer. ¿O será tal vez que no le gustaron las Cortes de Aragón que, incluso después de llevar un siglo derogadas, convocó Palafox para unir y cohesionar a los aragoneses alrededor de sus antiguas instituciones soberanas para luchar contra los franceses?

 

 

Con todo, fueron las medidas de carácter fiscal y financiero las más prioritarias para Suchet quien, a pesar del éxito de su conquista de la práctica totalidad del territorio aragonés y de su expansión hacia Valencia, fracasó en asegurar la estabilidad hacendística a la que estaba obligado. Así pues, una nueva reforma plasmada en el decreto de 11 de junio de 1812 dividió el territorio aragonés en cuatro intendencias (Zaragoza, Huesca, Teruel y Alcañiz), que serían además cabezas de partido judicial, y acababa con la división en dos comisarías generales. También creó una Dirección General de la Policía para perseguir a las guerrillas (consideradas como "bandidaje") y modificó la administración de justicia, manteniendo la Real Audiencia de Aragón (que él presidía en su calidad de capitán general del Reino, como se hacía desde 1707), pero estableciendo nuevos tribunales y modificando las funciones de los jueces. Ello no obsta para que se mantuviese la Junta Criminal Extraordinaria, tribunal de orden público político que había creado en 1810, y en el que, según el decreto de su creación, quienes eran conducidos a ella habrían de ser "condenados en el término de veinticuatro horas a la pena de muerte que será ejecutada inmediatamente sin apelación". Aterrador ¿no?

Como en tantas cosas contradictorias de la revolución francesa y napoleónica (imponer los derechos del hombre mediante la violencia sobre el hombre -y la mujer-), y de cualquier otra revolución clásica, una de cal y otra de arena: por decreto de 4 de agosto de 1811 se suprimieron los tribunales especiales para eclesiásticos (todos los ciudadanos han de estar sometidos a los mismos jueces y tribunales); pero otro decreto de 22 de abril de 1812 también derogó el derecho foral civil aragonés. 

Así pues, también muy significativamente, fue la víspera de la fiesta de San Jorge, patrón de Aragón, cuando el régimen napoleónico eliminó el derecho aragonés, único asidero para la continuidad de la personalidad civil (y, aunque entre líneas, también política) que sobrevivía desde la violenta llegada de los déspotas borbones. El centralismo a ultranza de estilo francés, del que Napoleón fue el alumno más aventajado hasta esa fecha, dio con ello la medida más clara de hasta qué punto Aragón, el pueblo aragonés, no tenía encaje como titular de derechos políticos colectivos diferenciados en el marco del nuevo sistema. El Reino de Aragón no habría de ser sino una provincia del imperio francés que, tal vez integrada en la Gran Francia abarcada entre el Rin y el Ebro (restituyendo así los designios territoriales de Carlomagno), no tendría más referente político, social y cultural que el de cualquier departamento francés actual.* ¿Para bien o para mal? Eso nunca se sabrá: en 1813 las tropas francesas abandonaron Aragón y la Historia tomó otro curso. Sobre la interesante -a la par que estéril- pregunta de qué hubiese sido de Aragón si Napoleón no hubiese sido derrotado, saque cada lectora, cada lector, sus propias conclusiones. 

 

Miguel Martínez Tomey

Fundación Gaspar Torrente

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