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… Y anunció el fin del mundo …

… Y anunció el fin del mundo …

Por Ignacio Navarro Gil

Más de 4.000 personas fueron testigos y muchos de ellos se postraron ante la prodigiosa campana en aquel verano de 1601, porque tras más de 10 días tocando sin intervenir mano humana alguna, los vecinos y visitantes atemorizados veían en aquel metal profético que se cumplían las Revelaciones del joven San Juan. Toques que llegaron hasta Felipe III “El Piadoso” quién ordenó a sus notarios reales acudir a la localidad zaragozana para dar correcto testimonio de los sucesos.

Esta campana llega a tocar en 42 ocasiones contrastadas, pero el contratiempo más importante aparece cuando se quiebra por el excesivo uso.
En ese momento interactúan dos campanas distintas, la “María Nicolasa” y la “Águeda”, de esta última se llega a contar que fue un regalo de Fernando II “El Católico” a Velilla de Ebro tras profetizar aquella milagrosa campana el frustrado asesinato hacia el rey en Barcelona a manos del perturbado Juan de Cañamares, en el histórico y glorioso año de 1492.

Se convierten en las campanas más famosas de su tiempo en Las Españas y en el continente europeo, llegando el testimonio de sus toques a Reyes, Zares, Papas y cualquier tropa militar que desease iniciar una histórica hazaña. Todo toque de estas campanas creaba desasosiego y una profunda inquietud entre sus habitantes al no tener certeza alguna de qué llegaría a  predecir y qué podría ocurrir, un aviso funesto o quizás en esta ocasión jubiloso…

Encontramos más de 58 documentos fehacientes por diversos Notarios de la evidencia de sus toques, donde no existe conexión entre sus tañidos y la intercesión de mano humana alguna, es más, todo fedatario que subía a la espadaña donde ellas se encontraban colocadas, al intentar detener aquel badajo a modo de lengua de fuego, era repentinamente echado a tierra tantas veces como tocase aquel metal sagrado.                        

Porque como bien dicen los antiguos, las campanas son la voz de Dios y su palabra nunca ni nadie la podrá callar.

 

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