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La campana y el ritual de fundición

La campana y el ritual de fundición

Por Ignacio Navarro Gil

Cuando en antaño se fundía una campana, no era algo tan vacío como pueda parecer verte el bronce del crisol al molde, no era un encargo cualquiera, era fundir y crear la voz de Dios.

El fundidor, cuando tenía que formar una importante campana, debía de estar completamente libre de pecado, para que ninguna fuerza del maligno interfiriese y de este modo poder crear con sus manos y sabiduría el instrumento musical más sagrado y perfecto, para ello debía de ser confesado, para recibir el perdón por sus pecados.

Durante tres días se ofrecían eucaristías por la correcta fundición del metal, por el buen hacer del artesano.

En el momento de la fundición, que habitualmente era en algún corral o patio cercano a la Iglesia (aunque en ocasiones se fundía a pie de torre), acudían en procesión hasta el lugar los miembros del Cabildo, encabezada por la cruz parroquial y revestidos con las más esbeltas dalmáticas y ternos chapados mientras entonaban cánticos como el “Veni Creator Spiritus”. Al llegar al lugar donde se encontraba el molde de la campana, bendecían el agua y la sal para asperger sobre el metal incandescente. En aquel momento comenzaba el cántico del Kyrie, seguido de la Letanía de los Santos, invocaciones y súplicas para que intercediesen en el buen arte.

Al regresar el Cabildo al interior del templo, finalizaba el rito adorando al Santísimo con cánticos y salmos.  

Tras enfriar la campana y trasladarla a los pies de la torre, llegará la complicada tarea de elevarla, (bien sea por el hueco de la torre o por medio de complejos andamios exteriores) hasta su ubicación final.

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