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Construir el lujo de algunos eurodiputados sobre el dolor de los demás.

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Algunas de esas gentes que se dedican a la política, quizás por que no tienen otro medio de vivir con el nivel que esa ocupación les permite, hablan con frecuencia de grandes asuntos que acaban convirtiendo en mensajes universales y por los que se llegan a sentir benefactores de la humanidad puesto que –en el fondo de su ser- padecen la necesidad de justificarse. El calentamiento global, el cambio climático es uno de esos temas pero, al mismo tiempo, es un ejemplo magnífico de lo que ahora quiero plantear como reflexión. Si nos fijamos, estas gentes hablan del cambio climático en general, pero no hablan de las personas que padecen las sequías, ni de los conflictos que se generan por la supervivencia en un mundo de sequías globales, ni de los muchos niños que no son escolarizados cuando falta agua, ni de los niños que no tienen futuro y se convierten en tullidos porque no les llega una vacuna que en nuestros países es absolutamente habitual… 

En realidad, hablan de grandes ideas pero no entienden que hay unos protagonismos que son los que tienen importancia, unos protagonistas que viven en la pobreza, que no tienen ni los recursos que les garantiza el derecho a la vida. Unos protagonistas que siguen sonriendo, mientras son condenados por los poderosos, porque creen  que todavía hay buenas personas, como el misionero italiano Giuseppe Arguessa que ha conseguido agua para más de trescientas mil personas en Kenia con sus manos y su amor por los demás. Y frente a ellos, a los niños condenados a vivir con muletas por no poner en su boca una vacuna, frente a las mujeres que arrastran kilos de leña para poder seguir mal-alimentando a su familia, frente a los que se mueren por falta de recursos, hay un “montón” de eurodiputados españoles (con alguna excepción como la de Carlos Iturgaiz) que quieren seguir viajando en preferente, cobrando dietas de escándalo como algunos compañeros suyos denuncian, malgastando el dinero de todos y, si me lo permiten, haciendo tan poco por todos nosotros que será cuestión de plantearse si no están sobrando y lo mejor sería tener una mínima estructura que gestione el común, tal y como ocurre hoy puesto que las cosas llegan decididas al pleno europeo …

Sería un buen ahorro, un acto de justicia, un ejercicio de ética y de moral, y sobre todo un ejercicio de sentido común porque lograríamos que los que quieran vivir a cuerpo de rey con el dinero de todos, aprenderían a vivir con el sudor de su frente y con el trabajo de sus manos, tal y como mandan todos los textos sagrados de las grandes religiones. Así no habría servidores públicos –como estos y estas eurodiputados- que cada vez que viajan en primera, con todo lujo, podrían pensar que podrían salvar algún niño en alguna parte del mundo incluso en Europa. Construir el bienestar de unos servidores públicos sobre la penuria y el dolor de los demás es –se mire como se mire- una canallada que no se puede permitir más tiempo.

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