El estallido

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Por Enrique Cebrián Zazurca

Después de unos días fuera de España, y recién llegado, me encuentro con que el “Movimiento 15-M” o “Democracia Real Ya”, que antes de marcharme era sólo una nebulosa, ha tomado cuerpo a través de miles de ciudadanos, ha tomado plazas y redes sociales, medios de comunicación, y se ha convertido en el centro de todos los debates y las conversaciones.
Cuando escribo estas líneas, la Junta Electoral Central acaba de prohibir las manifestaciones para los días 21 y 22 de mayo, esto es, para las jornadas de reflexión y electoral, respectivamente. Y 15-M o DRY parece que, efectivamente, ha decidido no convocarlas. Está por ver que todas las asambleas en las distintas concentraciones alcancen decisiones en el mismo sentido y está por ver de qué modo el Gobierno desaloja a los concentrados. Por otra parte, la resolución de la JEC –impecablemente argumentada desde el punto de vista jurídico– no elimina, no obstante, todas las dudas que plantea un supuesto tan interesante como éste. Y me refiero a las dudas estrictamente jurídicas.
Porque las políticas merecerían –y espero que merezcan en un futuro próximo– mucho más debate y reflexión. Tengo la impresión de que este fenómeno puede tratar de explicarse con una comparación muy simple: cuando a uno alguien le está continuamente importunando, día tras día, durante mucho tiempo, sin descanso, y esa persona se ha ido guardando su irritación sin decir nada, reconcomiéndose, en silencio, tragándose su enfado, es muy probable que llegue un día en el que estalle y, en ese estallido, habrá de todo. Es decir, la raíz de su reacción será legítima y todos podremos entenderla y muchas de las cosas que le espete a quien le estaba molestando tendrán nuestra aprobación y las comprenderemos. Pero, a la vez, y mezcladas, podrán aparecer otras actitudes o reproches que entenderemos menos.
Me parece que en este estallido puede haber algo de esto. Considero que su existencia es legítima, necesaria y saludable. Creo que no debemos dejar que esta voluntad de regeneración democrática se desinfle, pero creo también que, a partir de este momento, debemos dedicarnos a decidir qué queremos mantener y qué queremos lograr. Porque, si escuchamos las demandas, son muchas, muy variadas y puede que, en algunos casos, hasta incompatibles entre sí. Listas electorales abiertas, democracia interna en los partidos, nuevos (o no) modelos económicos, recuperación del Estado y del papel de la política, erradicación de la corrupción en la vida pública, mayor participación ciudadana, asamblearismo, distintas soluciones a la crisis, impugnación del actual modelo democrático o circunscripción electoral única. Firmo muchas de estas propuestas, aunque, desde mi punto de vista, ni todo es lo mismo, ni todo es necesariamente deseable, ni todo tiene por qué conducir a los mismos lugares: este debate es la tarea que tenemos por delante.

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