El debate

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Por Enrique Cebrián Zazurca

 

 Igual que muchos millones de españoles, esta noche me sentaré ante el televisor para ver el debate entre Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy. De la misma manera que lo hice en todas y cada una de las ocasiones en que se produjeron debates como este, aun contando con que en alguna de aquellas elecciones todavía no podía votar.

Igual que la opinión mayoritaria que estos días se encargan de pregonar medios de comunicación, periodistas, comentaristas políticos y muchos ciudadanos, yo también opino que es bueno que esto ocurra, que es saludable para nuestra democracia, que es mejor, en definitiva, que haya debate que que no lo haya.

Me parece que en todo esto existirá un acuerdo general (o casi). Pero no por ello deberían dejar de recordarse algunas otras cuestiones también elementales, pero también importantísimas.

Cuando constantemente se saca a colación el modelo estadounidense, con su invención del márquetin electoral, de las modernas campañas, con su reforzamiento de la imagen en política, con sus debates de vencedores y vencidos, etc. frecuentemente se olvida que estamos hablando de un modelo distinto al nuestro. Y no tanto por estas cuestiones citadas, que vamos progresivamente adoptando en el continente europeo y en otros lugares del mundo, sino sobre todo por el sistema presidencial que existe en aquel país. Es esta característica la que implica necesariamente, entre otras muchas cosas, una personalización.

Francia es otro país que estos días se ha presentado, asimismo, como ejemplo a seguir, dándose la casualidad de que el caso francés representa lo que se ha dado en llamar un modelo mixto o semipresidencial; un modelo, en definitiva, que, si bien es más cercano al español, sigue manteniendo con él notables diferencias. Precisamente, cuando se traen a colación los debates franceses, se habla de los debates entre los candidatos a la Presidencia de la República que han logrado pasar a la segunda vuelta de la elección presidencial. Una vez más, un debate obligatoriamente personalizado, dentro de una campaña electoral destinada a elegir algo distinto de lo que los españoles elegiremos el próximo día veinte.

Porque lo que se decide en las Elecciones Generales de este mes es la composición de las Cortes Generales, eligiendo a los miembros del Congreso de los Diputados y del Senado. Es obvio –pero lo aclararé para que no parezca que me he caído de un guindo– que todos sabemos también que lo que indirectamente estaremos propiciando será la elección del nuevo Presidente del Gobierno y es obvio también que, aunque no exista una obligación jurídica como tal en este extremo, los únicos que se encuentran hoy por hoy en condiciones de ser Presidente son Rubalcaba y, muy especialmente (si atendemos a las encuestas), Rajoy. Del mismo modo que también es evidente y sabido que, con el paso del tiempo, y sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, el papel central de los Parlamentos fue cediendo en beneficio de un reforzamiento de los Ejecutivos y que nuestra Constitución y nuestro ordenamiento jurídico son herederos de ese proceso histórico.

Sin embargo, y aun sabiendo todo eso, no está de más recordar de vez en cuando que nuestro modelo sigue siendo un modelo parlamentario, que vamos a elegir a los miembros de las Cortes Generales; siendo el Parlamento una institución que –a pesar de los cambios, algunos de ellos razonables– debe seguir siendo la sede de la discusión y el debate políticos, del control del Gobierno y de la presencia y el respeto de las minorías y del pluralismo político que nuestra Constitución consagra, en su artículo primero, como valor superior de nuestro ordenamiento jurídico.

Veré el debate y celebro que se celebre, pero espero que los focos del plató no nos impidan ver toda la realidad.

 

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