El tiempo

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El tiempo es una cosa extraña y amenazante, que nos asusta como lo hace, en ocasiones, mirarnos en un espejo. Somos tiempo y por eso no podemos comprenderlo del todo y nos aterra. Una de las ideas que nos legó la Ilustración fue la idea de progreso, la creencia en que los acontecimientos que ocurren se dirigen hacia un destino que será mejor que el tiempo presente. Es una idea bella como proyecto (nunca mejor dicho), pero peligrosa si creemos en ella como en un fátum, como en un destino entendido no como meta, sino como fuerza sobrenatural de la que no puede huirse. Y es peligrosa porque puede hacer que nos descuidemos. Nunca es momento de bajar la guardia, pero quizás tiempos como los que vivimos aún lo sean menos. Vemos hoy cómo algunos quieren construir el siglo XXI con los viejos conceptos que sirvieron en el XIX y sacan del armario las banderas raídas con las que pretenden protegerse del frío y cómo edificios que se levantaron en el siglo XX tras mucha sangre y mucho sufrimiento comienzan a resquebrajarse. Hay que defender las ideas bellas y hacer que se lleven a la práctica porque, en realidad, es cierto que existe el “eterno retorno”, como es cierto que podemos estar siempre dando vueltas en torno a la nada sin avanzar. Sin una voluntad por hacer de la existencia un lugar mejor, sin un proyecto político –en el más amplio sentido del término–, los hombres somos como esos peces que han picado el anzuelo y que giran y giran, en un cubo, esperando la muerte.

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