El Caracol

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Si el Caracol estuviera en Nueva York sería moderno, pero está en Zaragoza y es decadente. El Centro Comercial Independencia el Caracol es un lugar mágico, un agujero espacio-temporal al que no prestamos la atención que merece. En esta ciudad de viento zumbador, si eres centro comercial, sobrevives y si eres pasaje, mueres. El Caracol grita “soy centro comercial” para sobrevivir al olvido y al abandono, pero algunos lo perciben ya como triste pasaje. Sin embargo, el Caracol es vida. El Caracol es Zaragoza. Es caca de paloma en la claraboya, es incapacidad de defender lo nuestro y también es reflejo de la costumbre de acabar las cosas con adornos cutres. El Caracol sobrevive porque se ha especializado. Tiendas de ropa con tallas grandes, curiosos establecimientos en los que te piratean la consola o venden muñecos a obesos coleccionistas. El Caracol tiene la triste virtud de producir nostalgia más que entusiasmo. Tiene pasillos que no conducen a ningún sitio y otros que demuestran que Zaragoza no es tan plana como uno se cree. Uno se sorprende al darse cuenta de que la calle Cádiz queda dos pisos por debajo de Independencia cuando, si lo haces caminando, parecen estar a la misma altura. Hay magia en el Caracol. Supongo que el arquitecto del Caracol es pariente del de La Casa Magnética del parque de Atracciones de Zaragoza. Dos genios anónimos sin referencias en internet. Un día, el Caracol se levantará y se marchará con la crisis a cuestas. Al cruzar el Ebro, mirará para atrás y dirá: “ahí os quedáis. Id a ver el cine en naves industriales disfrazadas. Comprad ropa clónica en tiendas clónicas. Alimentaos con basura metida en cartón si os place. Sed masa. Repetíos”.

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