Yo espero.

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Yo espero. Yo busco. Recibo a los que esperan y buscan como recibo a los desesperados: con atención y buena educación. Practico la hospitalidad en la medida de mis posibilidades. Respeto a las personas que se hacen preguntas importantes todos los días. Escucho a los que piensan que el ser humano es algo más que un animal. Escucho a los que fomentan la esperanza y a los que tratan de difundir la libertad y el amor, aunque lo hagan fatal. La desesperanza no conduce a ningún sitio. Tiene una estética atractiva, algunos valores importantes y un montón de genios a los que no dejaré de escuchar. Pero nos moriremos y algo dentro de nosotros nos pregunta: ¿y después qué?  Nos están engañando desde hace tiempo. Vivimos en el siglo XXI. Nadie nos obliga a nada. Religión por aquí, política por allá. Ninguna religión puede ser el enemigo ni el culpable de nada si usamos la libertad con valentía. Los musulmanes no son terroristas. Los católicos no son los culpables del SIDA en África, ni unos pederastas. Los budistas no están en la parra. Los juicios superficiales no aportan nada. No suponen ningún avance. Hay que profundizar, estudiar, experimentar, conocer y después hablar o callar. Rezar un día tras otro “cordero de Dios” sin saber de dónde viene esa expresión puede ser fanatismo. Tanto como quedarse en el insulto y la descalificación superficial.

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